Oleajes de Privilegio: servidos en un plato de Mar y Tierra

En el Caribe, donde las fronteras políticas y culturales están arraigadas a la historia colonial y de migración, las identidades obligatoriamente se entrelazan con el privilegio y la opresión de formas complejas.

En este contexto, diría que acuño el concepto de oleajes de privilegio, y lo pienso desde una forma de intentar nombrar cómo los privilegios fluctúan según nuestros contextos e interseccionalidades. Mientras las opresiones tienden a ser constantes y sistémicas, los privilegios aparecen y desaparecen como las olas, dependiendo de factores como el color de piel, la intensidad de nuestra negritud, la clase social, el nivel académico, el género y en este caso, el origen, nacionalidad o ciudadanía.

Este archipiélago, un espacio de contradicciones coloniales donde los puertorriqueños son/somos “ciudadanos americanos” pero carecen/carecemos de derechos políticos básicos, sirve como vivo ejemplo de estas dinámicas. Agreguemos a la receta la presencia de comunidades migrantes, particularmente dominicanas y haitianas, y nos daremos cuenta cómo estos oleajes de privilegio y exclusión se agitan con intensidad cómo en los últimos días; que se han documentado redadas de ICE en Barrio Obrero, Villa Palmera, Buen Consejo, Puerto Nuevo… donde agentes federales han detenido a personas, en varias ocasiones, -aleatoriamente negras- para verificar su estatus migratorio. Todo lo antes mencionado, no son elementos aislados entre sí, sino que son parte de la narrativa sistémica que, cómo arma del estado, criminaliza a las personas negras y pobres y migrantes; reforzando jerarquías de raza, de clase y de origen.

Quiero mencionar/aclarar que no parto principalmente desde el racismo, sino de cómo la xenofobia se potencia en cuerpos racializados; reconociendo cómo las dinámicas de privilegio y exclusión en el Caribe no se definen únicamente por la raza, aunque este sea un ingrediente principal en nuestras sociedades. La procedencia, el territorio y las marcas del colonialismo, juegan, de la misma forma papeles protagónicos en este escenario. Aunque los puertorriqueños vivimos bajo un sistema colonial que nos clasifica como ciudadanos de segunda categoría, esa misma ciudadanía nos otorga ventajas que las personas migrantes no poseen. El privilegio del territorio -aunque frágil y condicionado-, nos protege de las violencias más crudas del aparato estatal que criminaliza y expulsa a los cuerpos ya vulnerables y desplazados. Aparato diseñado para perpetuar la exclusión; que refuerza que la ciudadanía no es solo un derecho, sino una herramienta de opresión contra quienes no caben en su definición. Desde este espacio, aunque precarizado, debemos reconocer cómo el colonialismo, aunque nos limita, también nos concede un “poder” relacional que las personas migrantes, independientemente de su color de piel, no tienen.

Ahora bien, ser negro en el Caribe intensifica la necesidad de justificar nuestra existencia constantemente. Es vivir en sospecha, bajo la mirada vigilante del Estado, la sociedad y la colonia. A las personas negras nos toca demostrar, de mil maneras, que somos dignas de derechos fundamentales. Y para las personas negras migrantes esa carga se multiplica. Las redadas “aleatorias” en comunidades negras y marginadas no solo refuerzan una narrativa de criminalización, sino que también colocan el peso de la exclusión en aquellos que ya cargan el rastro de siglos de violencia racista.

Si todo aquello que es “contrario a la ley” se entiende cómo ilegal, entonces cuando aplicamos este término a los migrantes, es deshumanizante, pues básicamente es negarles el derecho básico a existir. Por otro lado, los puertorriqueños somos, en efecto, ciudadanos de segunda categoría, según la lógica de un sistema colonial que nos otorga la ciudadanía americana mientras nos niega representación política justa. Desde ahí, de un día para otro nuestras realidades, tanto de dominicanos, haitianos, puertorriqueños y otros migrantes… podrían también verse en/redadas.

Desde mi posición, como mujer negra loiceña, ciudadana y caribeña, experimento en carne propia las contradicciones de estos oleajes de privilegio. Aunque mi ciudadanía me otorga ciertas protecciones legales, mi identidad racial, mi fenotipo, mi existencia me exponen a sospechas discriminatorias. Para quienes habitan en cuerpos que desafían las normas, como las personas negras, pobres, cuir, estos oleajes son aún más violentos. Cada intersección añade una capa más de violencia, un peso más en la lucha por navegar en un mar que parece estar en contra.

Pero estos oleajes no son solo individuales; son sistémicos. La narrativa que criminaliza a nuestras comunidades dominicana y haitiana y otras minorías, y que refuerza la idea de que son “el otro”, ignora las contribuciones esenciales que estas comunidades han hecho a Puerto Rico. Son maestros, son doctores, actores, músicos, cocineros… y sus aportes son pilares de la sociedad puertorriqueña y el Caribe. Irónicamente, incluso la libertad que algunos en este archipiélago disfrutan —y que a veces se usa para justificar actitudes xenofóbicas— se debe al cimarronaje haitiano. Fue gracias a la revolución liderada por negros haitianos que el sistema esclavista comenzó a desmoronarse en el Caribe, permitiendo libertades que, sin ellos, serían impensables.

El oleaje no solo es una metáfora, sino una realidad física. Cada travesía por mar abierto desde Haití o República Dominicana representa un tránsito de dolor, de abandonar lo conocido para arar, sembrar y cosechar en otra tierra, de huida, de temor. Las aguas del Caribe, testigos de siglos de esclavitud, comercio y resistencia, siguen siendo rutas de lucha. Y en cada ola, en cada tránsito por mar y tierra, se reflejan las tensiones de una región que aún no ha sanado sus heridas coloniales.

Condenan lo que sucede en Palestina pero aplauden lo que pasa en el barrio. Se deberían condenar ambas.

Nuestra lucha no termina en reconocer estos privilegios fluctuantes. El camino hacia una verdadera justicia social exige que dejemos de construir muros, de cerrar puertas y posicionarnos cómo juez -quien puede y quien no- de exclusión y en cambio, tejamos puentes de solidaridad; abramos ventanas, decir al vecino migrante, que somos un lugar seguro -no dejen que nos quiten a nuestra gente-. No podemos olvidar que la historia de libertad en el Caribe es también una historia de resistencia negra y resistencia migrante.

Ojalá que no nos toque, y si nos toca, que el karma sea puro mito. Pero no. El mar recuerda. La marea sube y baja, pero siempre regresa. Ahora, nos toca organizarnos y construir arcas comunitarias que aguanten las marejadas provocadas por el diluvio de injusticias.

Que esos oleajes de privilegio se conviertan en corrientes de justicia, donde podamos navegar con dignidad, independientemente de nuestra nacionalidad, raza, género, origen o estatus migratorio. Que las aguas del Caribe, las mismas que cargan la memoria del cimarronaje y la resistencia, nos guíen hacia una lucha colectiva. Porque si algo nos enseñan estas olas es que ningún privilegio es permanente y ningún sistema de opresión, eterno.

Yamary Sánchez Manso (n. 1994)

Yamary “Yaya” Sánchez Manso es editora, escritora, percusionista, artista multidisciplinaria, activista, feminista, lesbiana, Loiceña, boricua y negra. Nació en Loíza, Puerto Rico, hija de gestores culturales. Su trabajo explora la memoria, el duelo, el placer y la justicia social desde una perspectiva afrofeminista y caribeña.
Completó una maestría en Edición y Gestión Editorial con Grupo Planeta de la Universidad Internacional de Valencia, un diplomado en Políticas y Gestión Editorial en CLACSO, Buenos Aires, y obtuvo un bachillerato en Literatura Comparada en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, donde también cursó estudios en género y mujer.
Se desempeña como editora independiente y funge como editora en los proyectos editoriales de Movimiento Anansé. Su trabajo apuesta por la resistencia, la sanación y la visibilización de comunidades racializadas e históricamente vulnerabilizadas.
En la escritura, ha publicado los poemarios Negro Azabache (2020), bajo el seudónimo Y. Macaná, y Santiguándome (2023), además de contribuir con textos en Sanāré: sanar juntxs desde la palabra (2022) y Diálogos (2023). Su poemario Santiguándome fue premiado en el Certamen Nacional de Poesía José Gautier Benítez en 2021.
Desde la Tropicolonia, continúa su apuesta por la palabra como herramienta de memoria, placer y lucha.

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