EL CEPILLO Y YO

Peinarme no fue una opción.

Por increíble que parezca, nací sin pelo. Cuando la enfermera me llevó a los brazos de mi mamá, quien al verme con la cabeza pelada como el famoso muñeco bebé cuchi, pidió a todos los santos que por lo menos me salieran cuatro hebritas.

Fue hasta los cuatro años, que en un acto de inspiración, mi abuela preparó un menjurje a base de hierbas, que dejó reposar en el patio bajo el rayo de la luna creciente. Por la mañana, bien temprano, me lo aplicó haciendo masajes con sus poderosas manos. Este ritual lo repitió durante siete días y siete noches. La evidencia saltó a la vista: una melena, que según familiares y amigos, era demasiado bestial para una cabeza tan pequeña.

En el barrio donde crecí, empezaron a burlarse de mi cabellera un tanto indescifrable, y me llamaron la paracua, pelo de trapero, pelo de estropajo, loca Gloria, entre otros apodos. Pero la situación más inaceptable sucedió en el colegio de monjas donde estudié. La profesora tuvo la desfachatez de afirmar, en mi propia cara, que yo me presentaba a las clases sin peinarme, y que mi cabello, en discordancia con la imagen de la virgen María, animaba al caos y la revolución. Yo le contesté que yo no requería tanta peinilla. De inmediato, citaron a mis padres, quienes preocupados de que su hija no encajara en el canon de niña “bien peinada”, con uniforme planchado y zapatos limpios, me obligaron a ir con un moño que no solo me indignaba, sino que desataba un dolor de cabeza demencial.

«A ese pelo hay que darle tijera, en ese pelo jamás ha entrado un cepillo, seguro que allí dentro hay una piojera feliz»… Tantas tonterías tuve que escuchar, simplemente porque no podían entender que mi cabello no fuera liso y brillante, dócil y virginal como en ese entonces imponía la sociedad.

De hecho, a los 14 años, cuando me invitaron a la fiesta de quince años de mi mejor amiga en el colegio, a mi mamá se le ocurrió llevarme al salón de belleza de Howard —así se llamaba— para que me alisaran mi pelo a punta de cepillo y secador. Al girar la silla y verme en el espejo, la ira se apoderó de mi ser y tiré la capa al suelo. Me fui corriendo a casa para mojarme el pelo y volver a mi rizo natural.

La batalla no ha sido fácil. Ninguna institución, familia y amigos han podido domesticar la naturaleza salvaje-afrodisíaca de mi pelo. Sigo aquí con mis rizos emancipados, homenajeando los dones de mi abuela, fiel a la raíz negra de mi padre, cumpliendo el deseo de mi mamá, más allá de lo imaginado. Cada día crece como una jungla soñada. Allí dentro hay mística y poesía, insurrección y la libertad.

(En la foto me peiné a voluntad para que Charles tiñera mi pelo)

Lilián Pallares Campo (Barranquilla, Colombia, 1976), es creadora AfroMestiza Universal. Escritora, poeta, actriz y videoartista. En 2017 recibió la XIV distinción Poetas de Otros Mundos, concedida por el Fondo Poético Internacional en reconocimiento a la alta calidad de su obra poética. En 2020 fue distinguida con el premio ‘10 colombianos’ por la Embajada de Colombia en Madrid, por su trayectoria artística y personal. Ha publicado los libros ‘Ciudad Sonámbula’ (2010), ‘Voces Mudas’ (2011), ‘Pájaro, vértigo’ (2014) y ‘Bestial’ (2019), y con su compañía de investigación teatral Afrolyrics ha creado espectáculos escénicos basados en éstos. Junto a Charles Olsen, dirige la productora audiovisual y literaria ‘antenablue, la palabra vista’. Sus videopoemas han sido premiados en festivales internacionales de poetry film.

Visita su sitio web: lilianpallares.com

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