“Debí tirar más fotos” y el privilegio de la cámara en las comunidades afrodescendientes.

El álbum Nadie Sabe Lo Que Va a Pasar Mañana de Bad Bunny ha causado un fuerte impacto cultural.

Entre sus múltiples reflexiones, la frase “Debí tirar más fotos” resuena como un recordatorio de la importancia de capturar y preservar momentos significativos de la vida. Sin embargo, este llamado a documentar la existencia personal y colectiva también invita a cuestionar quiénes han tenido acceso a esta posibilidad y a qué costo.

Históricamente, la cámara fotográfica ha sido un objeto de privilegio. Desde sus inicios, los costos asociados al equipo y al proceso de revelado la convirtieron en un lujo reservado para las élites. Con la llegada de la era digital, este acceso se amplió, pero las barreras no desaparecieron. Las comunidades afrodescendientes, a menudo relegadas por razones económicas y estructurales, han enfrentado dificultades para acceder a la tecnología fotográfica, lo que limita su capacidad para construir un archivo visual propio.

Esto no es solo una cuestión de memoria personal. La ausencia de imágenes producidas por y para las comunidades afrodescendientes ha contribuido a su invisibilidad en narrativas históricas y culturales dominantes. Las imágenes no solo cuentan historias; también deciden qué y quiénes merecen ser recordados. La cámara es, entonces, una herramienta política cuya posesión o ausencia tiene implicaciones profundas.

A pesar de estas limitaciones, la fotografía ha sido utilizada como un instrumento de resistencia. Fotógrafos afrodescendientes en varias partes del mundo han demostrado cómo el lente puede servir para narrar historias auténticas, confrontar el racismo y reclamar espacios de representación. Tirar más fotos, desde esta perspectiva, no es solo un acto de memoria, sino una afirmación de existencia, resistencia y dignidad.

La invitación a “tirar más fotos” no puede quedarse solo en una consigna cultural. Para que más personas puedan contar sus historias a través de la fotografía, es necesario democratizar su acceso. Esto incluye iniciativas como talleres comunitarios que no solo enseñen el manejo técnico de la cámara, sino que también inviten a reflexionar sobre el poder de las imágenes.

n estos talleres, sería fundamental abordar la relación entre la fotografía y las narrativas coloniales que, durante siglos, han construido imágenes distorsionadas y exotizantes de las comunidades afrodescendientes. Al aprender a tirar más fotos, también debemos aprender a descolonizar nuestras miradas: a dejar de reproducir estereotipos que folklorizan a estas comunidades como si fueran objetos pintorescos y estáticos.

La folklorización perpetúa una visión superficial y romantizada, donde las tradiciones se convierten en un espectáculo para el consumo experiencias externas, desconectadas de sus significados profundos y de las luchas contemporáneas de las comunidades. Enseñar a fotografiar desde una perspectiva crítica implica devolverle a las personas el poder sobre cómo quieren ser representadas.

Cuando las comunidades afrodescendientes toman las riendas de sus narrativas visuales, no solo están documentando su historia; están reclamando su derecho a existir en la diversidad y complejidad que les caracteriza. Estas imágenes no son solo para recordar, sino para transformar: son testimonios que visibilizan desigualdades, celebran resistencias y abren caminos hacia una representación más justa y auténtica.

Los talleres deben ser espacios para cuestionar: ¿Qué historias no han sido contadas? ¿Qué imágenes queremos proyectar de nuestras comunidades? ¿Cómo aseguramos que nuestras fotos no solo hablen del pasado, sino también de nuestras aspiraciones y luchas? Al hacerlo, estaremos desmantelando el legado de siglos de exclusión y construyendo un archivo visual que sirva como herramienta de resistencia y empoderamiento.

El reto no es simplemente tirar más fotos, sino hacerlo desde una conciencia crítica que permita recuperar la dignidad de quienes han sido representados desde los márgenes. Esto exige el compromiso de abrir oportunidades para que las comunidades accedan a equipos, formación y plataformas que valoren sus historias.

En cada imagen hay una posibilidad de recordar, pero también de construir futuros diferentes. Democratizar la fotografía y descolonizar las miradas no solo nos ayuda a «tirar más fotos», sino a asegurarnos de que esas fotos cuenten historias nuestras, profundas y transformadoras. Porque las comunidades afrodescendientes no solo merecen ser recordadas; merecen ser reconocidas en toda su humanidad.

Fotografía de mi papá y su amigo echándose una chela en su juventud (La única fotografía de su juventud)

Acerca del autor:

Hugo Arellanes es fotógrafo y activista afromexicano que utiliza la imagen como una herramienta clave para reflexionar sobre las realidades sociales y combatir el racismo. Su trabajo fotográfico no solo busca capturar momentos, sino provocar cuestionamientos profundos sobre la identidad, la dignidad y los derechos humanos. Convencido de que las imágenes pueden transformar percepciones y construir narrativas más justas, Hugo ha desarrollado proyectos y exposiciones que resaltan las historias de las comunidades afrodescendientes en México y América Latina, siendo un referente de la fotografía con perspectiva antirracista.

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